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Si nos seguís a Pablo y a mí, sabréis que esta es la tercera entrada de una serie que teníamos muchas ganas de hacer, ciudades con los 5 sentidos. Y es que tanto como nos gusta viajar también nos gusta hacerlo de una manera en la que sintamos a tope la ciudad.

Después de Buenos Aires y La Paz, le toca a una ciudad que me toca más de cerca. Hoy os quiero presentar mi ciudad, Santander, con los 5 sentidos. Os quiero llevar en un viaje sensorial que os despierte unas ganas locas de cogeros un coche, bus, tren, avión o barco para llegar a Cantabria y conocer Santander. Quiero que veáis lo que yo veo cuando voy, que se os pongan los pelos de punta con sus sonidos o que sintáis 1000 explosiones de sabor.

….estad atentos hasta el final, porque Santander también esconde mil historias tras su sexto sentido.

Vista

Probablemente, la vista sea el sentido al que más le exigimos cuando nos vamos de viaje. Y es verdad que muchas veces lo que te entra por la vista es con lo primero que te quedas.

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Tanto para mí como para mucha gente, Santander es mar. Cuando llego busco como loca ver su bahía y ese cantábrico bravío que la abraza. Pero si hay algo que me gusta cuando me asomo a su maravillosa bahía es que en frente se ven las montañas.

Yo definiría Santander como una ciudad de contrastes.

Oído

Cuando con 18 años me fui de Santander para estudiar en otra ciudad, lo primero que me decían muchos es que cómo cantaba al hablar. A mí, que siempre me habían gustado los acentos y creía que los de Santander más bien poco. Ahora resulta que cantábamos.

Pero no solo cantábamos, también decíamos que una cuesta era pindia, que necesitábamos unos nuevos espáis o que teníamos un sincio increíble de cocido.

Y sí, por supuesto, Santander también son sus olas.

Gusto

Como buena novia del mar, Santander sabe a sal. Sabe a una buena ración de rabas (sin limón, por favor), sabe a una buena lubina o dorada o a unos bocartes fritos.

Pero, también sabe a un buen cocido montañés en invierno y a uno de esos sobaos que se beben todo tu vaso de leche.

Una buena zona para saborear Santander, o al menos de las más famosas, es la calle Peña Herbosa.

Tacto

Es cierto, es muy difícil “tocar” una ciudad. El tacto es ese sentido del que nos solemos olvidar, y no nos damos cuenta de que es básico en nuestro día a día.

Para conocer el tacto de Santander hay que darle la mano a los pescadores. Notar su piel rugosa como las redes que tanto les acompañan.

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Hay que sentir el viento frío en la cara, ese viento que te eriza el pelo. A mí me encanta ir a la Virgen del Mar los días nublados, los días de viento. También aquí podrás sentir la rugosidad de la arena o ver cómo después de un baño la piel se te llena de sal.

Olfato

Podemos volver a decir que huele a mar, a sal. Pero, la verdad es que cuando la pienso, me huele a lluvia. Y me huele a todo lo que se mezcla con ella, sobre todo, a hierba húmeda.

Santander sentidos

Os tengo que confesar que los olores que más me gustan son los de otoño y de invierno. Me encanta que las plazas huelan a churros y casi me gusta más cuando veo los “trenes” que desprenden olor de castañas.

El Sexto Sentido

Hay muchas ciudades que guardan entre sus calles secretos y leyendas, una de mis favoritas es Edimburgo, pero Santander no se queda corta. Hay lugares en Santander que poca gente conoce y que no salen en las guías.

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¿Sabíais que en Santander se esconde uno de los pocos cementerios protestantes de España? ¿O que una de las mejores vistas de la ciudad se ven desde Peña Castillo, hogar de una sierpe de leyenda?

Santander con los 5 sentidos

Para nosotros lo mejor cuando viajamos es ir despacio, lento. Es mejor ver poco que mucho y lo poco sentirlo mucho.

¿Qué os ha parecido este Santander con los cinco sentidos? ¿Os han entrado ganas de probarla, de olerla? ¿Cuando viajáis también intentáis fijaros en todo al máximo?